qué es el trabajo

(philip levine | 1992)

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Hacemos una larga cola bajo la lluvia
esperando en Ford Highland Park. Por trabajo.
Ustes saben qué es el trabajo —si son
lo suficientemente grandes para leer saben
qué es el trabajo, aún si no lo hacen.
Olvídense de ustedes. Hablamos de esperar,
cambiando una y otra vez el pie de apoyo.
Sintiendo la lluvia ligera como bruma
en el pelo, nublándote la visión
hasta que te parece ver a tu hermano
delante tuyo, quizás diez lugares.
Te frotás los anteojos con los dedos,
y es por supuesto otro hermano,
con hombros más pequeños que
el tuyo pero igual de cansados, la sonrisa
que no oculta el empecinamiento,
la triste convicción de no entregarse
a la lluvia, a las horas de tiempo perdido,
a la certeza de que allá adelante
espera un hombre que dirá: “No,
hoy no estamos contratando”, por una
razón cualquiera. Amás a tu hermano,
ahora se te hace casi intolerable el amor
que de pronto te inunda por tu hermano,
que no está a tu lado ni está detrás
ni tampoco adelante porque está en casa
reponiéndose del miserable turno nocturno
en Cadillac para después poder levantarse
antes del mediodía a estudiar alemán.
Trabaja ocho horas por noche para cantar
Wagner, la ópera que vos más odiás,
la peor música jamás inventada.
¿Cuánto hace ya que le dijiste
que lo querías, le agarraste los hombros,
abriste bien los ojos y soltaste esas palabras,
y lo besaste tal vez en la mejilla? Nunca
habías hecho algo tan simple, tan obvio,
no porque fueras demasiado joven o tonto,
no porque fueras celoso o aun mezquino
o incapaz de llorar en
la presencia de otro hombre, no,
sólo porque no sabés qué es el trabajo.
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philip levine
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original // acá


mi filosofía de vida

(john ashbery)

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Justo cuando pensé que ya no había lugar
para otro pensamiento en mi cabeza, tuve esta gran idea:
llámese filosofía de vida, si se quiere. En pocas palabras,
consiste en vivir como viven los filósofos,
de acuerdo a una serie de principios. Ok, ¿pero cuáles?

Esa fue la parte más difícil, lo admito, pero yo tenía una
especie de presunción de cómo iba a ser.
Todo, desde comer melón hasta ir al baño
o esperar el subte en el andén, perdido en mis pensamientos
por unos minutos, o preocuparme por los bosques tropicales,
se vería afectado, o más precisamente, modulado
por mi nueva actitud. No me iba a volver sentencioso,
ni preocuparme por los chicos o por los viejos, salvo
en la manera general que prescribe nuestro prolijo universo.
Yo iba a dejar en cambio que las cosas fueran más o menos lo que son
aunque injectándoles el suero de un nuevo clima moral
con el que creí haberme tropezado, como un extraño
que al apoyarse por error en un panel siente ceder la biblioteca
y revelarle una escalera circular bajo una luz verdosa
en algún lugar allá abajo, y él se corre automáticamente
y la biblioteca vuelve a cerrarse, como es habitual en estos casos.
Enseguida lo abruma un perfume —no es azafrán, no es lavanda,
sino algo entre los dos. Piensa en almohadones, como el que
usaba para echarse el Boston terrier de su tío, mirándolo
inquisitivamente, las orejas puntudas colgando. Entonces el gran soplo
tiene lugar. No surge de él ni una sola idea. Alcanza
para que pensar te dé asco. Pero entonces te acordás de algo
que William James
escribió en algún libro suyo que no leíste: estaba bien, tenia la
delicadeza
el polvo de vida acumulado encima, por casualidad, sin duda, y sin embargo
todavía buscando
la prueba de huellas dactilares. Alguien lo había manoseado
antes incluso de que él lo formulara, aunque la idea era suya y
de nadie más.

En verano, está bien visitar la costa.
Hay montones de viajecitos que se pueden hacer.
Una arboleda de álamos pequeños le da la bienvenida al viajero. Cerca
están los baños públicos donde los peregrinos desganados
grabaron sus nombres y direcciones, tal vez mensajes también,
mensajes para el mundo, allí sentados
mientras pensaban qué hacer cuando terminaran de usar el baño
y se lavaran las manos en la pileta, justo antes de salir
afuera otra vez. ¿Los convencieron los principios?
¿y eran acaso palabras filosóficas, por muy crudas que fueran?
Me confieso incapaz de ir más allá siguiendo este hilo—
algo lo bloquea. Algo que no soy
lo bastante alto para que no me tape. O quizás estoy francamente asustado.
¿Cuál era el problema con mi actitud anterior?
Pero tal vez pueda llegar a un acuerdo: voy a dejar
que las cosas sean lo que son, más o menos. En otoño voy a oponer
mermeladas y conservas al invierno frío e inútil,
y va a ser una cosa humana, e inteligente además.
No me van a humillar los comentarios tontos de mis amigos,
ni siquiera los míos, si bien admito que esa es la parte más difícil,
como cuando estás en un teatro lleno y algo que decís
le molesta al espectador de enfrente, que ni siquiera tolera la idea
de que dos personas cerca suyo se pongan a hablar. Así que
hay que sacarlo de su cueva para que los cazadores tengan alguna chance—
o sea, tiene que haber reciprocidad. No podés pasarte la vida
preocupándote por los otros y ocuparte de vos mismo
al mismo tiempo. Sería un exceso, y casi tan divertido
como asistir al casamiento de dos personas que no conocés.
De modos modos, hay mucha diversión potencial en el hueco entre ideas.
¡Para eso están! Y ahora te voy a pedir que salgas
y la pases bien, y sí, que disfrutes vos también tu filosofía de vida.
No aparecen todo los días. ¡Guarda! Ahí hay una grandota…

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john ashbery

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original // acá