respetada, temida y de algún modo querida

(marjorie welish | 1988)

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A largo plazo tenemos que arreglar nuestra brújula,
e implorarle a nuestra brújula,
y llevar a juicio en el cielo nuestro teatro de sombras, entre el panteón
donde la fiscalía negocia sus cargos.
En el arco del proscenio,
los dioses negocian incesantemente,
y las palabra que él elige para expresar la frase ominosa se atreven a obsesionarse
con la instrumentalidad. Por favor mande pedir nuestro catálogo completo.

Como en los días de la creación, las nubes chusmean y discuten, los dioses vacilan.
Los dioses supervisan criterios tan inestables como el cuarto o el quinto lugar.
El resto son matices tonales.
Los dioses vacilan. Para reiterar el punto, los dioses supervisan
el simposio desde el bote salvavidas —un padre enloquecido, un hijo muerto;
una reducción injustificada de la familia.

Parte del pie, y por tanto parte de la consternada astilla de la gracia
y la pequeña vitrina selecta donde se conservan nuestros órganos
muere en Mongolia en un accidente aéreo.
¿Cómo es que nadie hizo nada para detener los pecados del clima,
y aún antes,

¿cómo es que nadie rescribió los pecados de las vitrinas, las ventanas naufragadas con frialdad, las ventanas apartadas de su lugar?

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marjorie welish

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original // acá

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jardinería nocturna

(michael palmer | 2005)

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Un lector escribe para quejarse
de que no haya celulares en mis poemas,
así que acá hay uno,

de cuerpo cromado,
de cara azul metalizada.
No transmite ni recibe.

Pide una mujer de Duluth
que deje de mandar mensajes secretos
para ella en mis poemas.

Esto lo haré enseguida.

Ella dice, Usted ha deformado el río
allí donde se curva

junto a la encina y la hilera
de jacintos de invierno.

Esto lo corregiré.

Una carta reciente sin firma:
Usted ha masacrado las citas de Hölderlin,

y nadie confundirá los cielos de usted
con los de Dominikos Theotokopoulos.

Opina un buen ciudadano, dedicado padre,
Su sintaxis inane
ha contagiado a mi primogénito—

¿tiene usted acaso un corazón de piedra?

Y el poema, desde su hogar sin techo,
escribe sobre la vista ciega y el silencio,

el mirlo al anochecer,
nada de lo visible.
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michael palmer
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original // acá