primera alta / “ángulo de guiñada”, de ben lerner

después de mucho cortar y coser, contener hemorragias y echarle a andar otra vez el corazoncito, el equipo quirúrgico de wichita se complace en anunciar el alta reciente de ángulo de guiñada, del escritor norteamericano ben lerner. ya no es el mismo que al internarse: en su ficha de ingreso (de mitad de 2012) figuraba de hecho como angle of yaw. no todos los miembros se han podido conservar en su lugar. cosas que pasan.

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Ben Lerner, Ángulo de guiñada // Buenos Aires: Dakota Editora, 2013

Traducción: Guido Herzovich

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Equipo-Quirurgico

los cirujanos de wichita

le desean

a ángulo de guiñada

una exitosa reintegración social


respetada, temida y de algún modo querida

(marjorie welish | 1988)

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A largo plazo tenemos que arreglar nuestra brújula,
e implorarle a nuestra brújula,
y llevar a juicio en el cielo nuestro teatro de sombras, entre el panteón
donde la fiscalía negocia sus cargos.
En el arco del proscenio,
los dioses negocian incesantemente,
y las palabra que él elige para expresar la frase ominosa se atreven a obsesionarse
con la instrumentalidad. Por favor mande pedir nuestro catálogo completo.

Como en los días de la creación, las nubes chusmean y discuten, los dioses vacilan.
Los dioses supervisan criterios tan inestables como el cuarto o el quinto lugar.
El resto son matices tonales.
Los dioses vacilan. Para reiterar el punto, los dioses supervisan
el simposio desde el bote salvavidas —un padre enloquecido, un hijo muerto;
una reducción injustificada de la familia.

Parte del pie, y por tanto parte de la consternada astilla de la gracia
y la pequeña vitrina selecta donde se conservan nuestros órganos
muere en Mongolia en un accidente aéreo.
¿Cómo es que nadie hizo nada para detener los pecados del clima,
y aún antes,

¿cómo es que nadie rescribió los pecados de las vitrinas, las ventanas naufragadas con frialdad, las ventanas apartadas de su lugar?

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marjorie welish

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jardinería nocturna

(michael palmer | 2005)

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Un lector escribe para quejarse
de que no haya celulares en mis poemas,
así que acá hay uno,

de cuerpo cromado,
de cara azul metalizada.
No transmite ni recibe.

Pide una mujer de Duluth
que deje de mandar mensajes secretos
para ella en mis poemas.

Esto lo haré enseguida.

Ella dice, Usted ha deformado el río
allí donde se curva

junto a la encina y la hilera
de jacintos de invierno.

Esto lo corregiré.

Una carta reciente sin firma:
Usted ha masacrado las citas de Hölderlin,

y nadie confundirá los cielos de usted
con los de Dominikos Theotokopoulos.

Opina un buen ciudadano, dedicado padre,
Su sintaxis inane
ha contagiado a mi primogénito—

¿tiene usted acaso un corazón de piedra?

Y el poema, desde su hogar sin techo,
escribe sobre la vista ciega y el silencio,

el mirlo al anochecer,
nada de lo visible.
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michael palmer
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qué es el trabajo

(philip levine | 1992)

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Hacemos una larga cola bajo la lluvia
esperando en Ford Highland Park. Por trabajo.
Ustes saben qué es el trabajo —si son
lo suficientemente grandes para leer saben
qué es el trabajo, aún si no lo hacen.
Olvídense de ustedes. Hablamos de esperar,
cambiando una y otra vez el pie de apoyo.
Sintiendo la lluvia ligera como bruma
en el pelo, nublándote la visión
hasta que te parece ver a tu hermano
delante tuyo, quizás diez lugares.
Te frotás los anteojos con los dedos,
y es por supuesto otro hermano,
con hombros más pequeños que
el tuyo pero igual de cansados, la sonrisa
que no oculta el empecinamiento,
la triste convicción de no entregarse
a la lluvia, a las horas de tiempo perdido,
a la certeza de que allá adelante
espera un hombre que dirá: “No,
hoy no estamos contratando”, por una
razón cualquiera. Amás a tu hermano,
ahora se te hace casi intolerable el amor
que de pronto te inunda por tu hermano,
que no está a tu lado ni está detrás
ni tampoco adelante porque está en casa
reponiéndose del miserable turno nocturno
en Cadillac para después poder levantarse
antes del mediodía a estudiar alemán.
Trabaja ocho horas por noche para cantar
Wagner, la ópera que vos más odiás,
la peor música jamás inventada.
¿Cuánto hace ya que le dijiste
que lo querías, le agarraste los hombros,
abriste bien los ojos y soltaste esas palabras,
y lo besaste tal vez en la mejilla? Nunca
habías hecho algo tan simple, tan obvio,
no porque fueras demasiado joven o tonto,
no porque fueras celoso o aun mezquino
o incapaz de llorar en
la presencia de otro hombre, no,
sólo porque no sabés qué es el trabajo.
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philip levine
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mi filosofía de vida

(john ashbery)

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Justo cuando pensé que ya no había lugar
para otro pensamiento en mi cabeza, tuve esta gran idea:
llámese filosofía de vida, si se quiere. En pocas palabras,
consiste en vivir como viven los filósofos,
de acuerdo a una serie de principios. Ok, ¿pero cuáles?

Esa fue la parte más difícil, lo admito, pero yo tenía una
especie de presunción de cómo iba a ser.
Todo, desde comer melón hasta ir al baño
o esperar el subte en el andén, perdido en mis pensamientos
por unos minutos, o preocuparme por los bosques tropicales,
se vería afectado, o más precisamente, modulado
por mi nueva actitud. No me iba a volver sentencioso,
ni preocuparme por los chicos o por los viejos, salvo
en la manera general que prescribe nuestro prolijo universo.
Yo iba a dejar en cambio que las cosas fueran más o menos lo que son
aunque injectándoles el suero de un nuevo clima moral
con el que creí haberme tropezado, como un extraño
que al apoyarse por error en un panel siente ceder la biblioteca
y revelarle una escalera circular bajo una luz verdosa
en algún lugar allá abajo, y él se corre automáticamente
y la biblioteca vuelve a cerrarse, como es habitual en estos casos.
Enseguida lo abruma un perfume —no es azafrán, no es lavanda,
sino algo entre los dos. Piensa en almohadones, como el que
usaba para echarse el Boston terrier de su tío, mirándolo
inquisitivamente, las orejas puntudas colgando. Entonces el gran soplo
tiene lugar. No surge de él ni una sola idea. Alcanza
para que pensar te dé asco. Pero entonces te acordás de algo
que William James
escribió en algún libro suyo que no leíste: estaba bien, tenia la
delicadeza
el polvo de vida acumulado encima, por casualidad, sin duda, y sin embargo
todavía buscando
la prueba de huellas dactilares. Alguien lo había manoseado
antes incluso de que él lo formulara, aunque la idea era suya y
de nadie más.

En verano, está bien visitar la costa.
Hay montones de viajecitos que se pueden hacer.
Una arboleda de álamos pequeños le da la bienvenida al viajero. Cerca
están los baños públicos donde los peregrinos desganados
grabaron sus nombres y direcciones, tal vez mensajes también,
mensajes para el mundo, allí sentados
mientras pensaban qué hacer cuando terminaran de usar el baño
y se lavaran las manos en la pileta, justo antes de salir
afuera otra vez. ¿Los convencieron los principios?
¿y eran acaso palabras filosóficas, por muy crudas que fueran?
Me confieso incapaz de ir más allá siguiendo este hilo—
algo lo bloquea. Algo que no soy
lo bastante alto para que no me tape. O quizás estoy francamente asustado.
¿Cuál era el problema con mi actitud anterior?
Pero tal vez pueda llegar a un acuerdo: voy a dejar
que las cosas sean lo que son, más o menos. En otoño voy a oponer
mermeladas y conservas al invierno frío e inútil,
y va a ser una cosa humana, e inteligente además.
No me van a humillar los comentarios tontos de mis amigos,
ni siquiera los míos, si bien admito que esa es la parte más difícil,
como cuando estás en un teatro lleno y algo que decís
le molesta al espectador de enfrente, que ni siquiera tolera la idea
de que dos personas cerca suyo se pongan a hablar. Así que
hay que sacarlo de su cueva para que los cazadores tengan alguna chance—
o sea, tiene que haber reciprocidad. No podés pasarte la vida
preocupándote por los otros y ocuparte de vos mismo
al mismo tiempo. Sería un exceso, y casi tan divertido
como asistir al casamiento de dos personas que no conocés.
De modos modos, hay mucha diversión potencial en el hueco entre ideas.
¡Para eso están! Y ahora te voy a pedir que salgas
y la pases bien, y sí, que disfrutes vos también tu filosofía de vida.
No aparecen todo los días. ¡Guarda! Ahí hay una grandota…

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john ashbery

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oscuridad

(ghassan zaqtan)

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La oscuridad tiene un agujero
con espacio para una mano,
negra, con cinco dedos y un brazo
La oscuridad tiene una casa
habitada por los muertos,
que entierran sus secretos en los ladrillos
La oscuridad asesina las voces
que emanan de las piedras,
ahogando las ortigas al fondo del pozo
Y un grito,
un alarido brutal de protesta,
sube desde el oscuro corazón de la madera

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ghassan zaqtan
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hora de salir

(kirill medvedev | 2012)

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Los que una vez partieron hacia Occidente
en busca de estabilidad
de una vida normal para sus hijos
huyendo de esta basura
de la mentalidad soviética—
hoy vuelven a Rusia,
donde el duumvirato local ha creado un ambiente
más o menos decente para la clase media
y condiciones razonables para los negocios.
No, por supuesto, como en los viejos tiempos,
en los noventas,
pero de todos modos mejor que ahora
en el Occidente bárbaro y socialista
donde el autoproclamado pueblo se ha lanzado a las calles
los anarquistas y los inmigrantes,
y colgaron carteles enormes
de los edificios:
“¡El capitalismo es ilegal!”

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kirill medvedev

// original: acá